CRÓNICA DE UNA NUEVA AVENTURA HABANERA

Allá por el año 2009 algunos de los afortunados componentes de Bajo Duero que disfrutaron del viaje a La Habana relataron a su vuelta que había sido una experiencia inolvidable, con deseos de repetirse. Siete años después el deseo se cumple y una nueva expedición 'bajodueril' (bastante menos numerosa que la anterior pero con las mismas ganas e ilusión) se embarcaba de nuevo en la aventura habanera. En esta ocasión para celebrar el Centenario del nacimiento de la Colonia Zamorana de Cuba.

A eso de las 7 de la mañana del 25 de septiembre la calle Puentica volvía a ser lugar de peregrinación de los componentes de Bajo Duero, además de foco de protestas de algún que otro vecino que a buen seguro despertó de su letargo con nuestra partida.
Si a alguno de nosotros se nos pasó por la cabeza eso de 'a dónde vamos tan pronto' (el vuelo salía a las 13,30h) en el Aeropuerto de Madrid ese pensamiento se esfumó rápidamente. La experiencia en la T4 y Terminal Satélite bien merece una crónica aparte tras unas tres horas de aventura entre controles, ascensores, metros y/o escaleras mecánicas, con un anecdótico accidente incluido que casi causa una baja en la expedición.

Nueve horas y media después de vuelo, y una hora y media más en lo que la burocracia cubana nos dejó salir del aeropuerto, pusimos pie en La Habana. El día nos dio para poco más que trasladarnos al hotel, dejar nuestras posesiones y tener una primera toma de contacto con La Habana Vieja.

Tras una primera noche en la que unos cogieron el sueño más que otros y un desayuno con el que se nos haría la boca agua todas las mañanas nos recibían nuestros amigos de la colonia zamorana para empezar a coser los detalles de la participación de Bajo Duero en los actos del centenario. Cuál fue nuestro asombro que mientras nos reuníamos en la sede de la colonia tuvimos la grata visita del músico Hevia con quien compartimos un rato de charla. La Habana empezaba a sorprender desde el primer momento.


Un guarapo, un paseo en sus tradicionales taxis y una comida después nos juntábamos con el grupo Añoranzas Zamoranas de la colonia para ensayar con ellos algunos de los bailes que compartiríamos en el pasacalles y espectáculo. 

El martes se iniciaban de forma oficial los actos por el centenario y también llegaba nuestro turno. El intenso calor habanero nos dio pequeño respiro en una jornada matinal nubosa por lo que el pasacalles previsto por las calles de La Habana Vieja fue algo más llevadero. Llenar el buche es una de nuestras especialidades, y más aún después del trabajo hecho, así que la comida que nos tenían preparada en El Templete nos alimentó por todo lo perdido con el esfuerzo hecho durante la mañana. Como si de un mes de enero se tratara, nos metimos entre pecho y espalda un estupendo guiso de garbanzos y un segundo plato compuesto por carne guisada y arroz en cantidades abundantes. Y así los siguientes tres días con una variación del primer plato que alternaba entre alubias y puré de garbanzos. Una dieta sin igual acorde con los 34 grados y el 70% de humedad habituales. 

Con la comida aún por nuestro estómago llegó uno de los momentos álgidos de la semana: el descubrimiento del CocoTaxi. Un tipo de transporte urbano habanero susceptible de ser exportado y convertirlo en negocio de provecho. Así, mientras el 90% de la expedición volvía al hotel y se relajaba en la piscina, el 10% restante visitaba el teatro donde actuaríamos el jueves y ultimaba los detalles del acto. Un paseo nocturno por el malecón completaba la jornada. 


El miércoles comenzó con una visita turística  mientras que la tarde la reservamos a disfrutar de las Playas del Este, que no todo va a ser trabajar. En la noche visitamos un lugar típico en la ciudad: el Floridita, con un daiquiri en mano y una grata sintonía musical de fondo. 

Y llegaba el gran día, el día de nuestra actuación estelar. Tras la comida en El Templete con un rico puré de garbanzos, nos enfundábamos a eso de las 4 de la tarde nuestro traje bien ceñidito. Con un poquitín de retraso dio comienzo el acto y aproximadamente dos horas después terminaba a ritmo de conga junto al grupo Añoranzas Zamoranas. Además de tener la satisfacción de que dimos el 'do de pecho' durante la actuación, nos sentimos muy agradecidos por el trato del público. 
Con la tarea hecha, ahora solo teníamos una única preocupación: la jornada de relax que nos íbamos a pegar al día siguiente en las idílicas playas de Varadero. 

Con un ojo abierto y el otro más que cerrado, nos íbamos concentrando en torno a las 5,30 de la mañana en el patio sevillano de nuestro hotel para tomar un pequeño tentempié y esperar al autobús que nos llevaría al paraíso, o a lo que más cerca habíamos estado algunos de él. 

La espera se hizo larga tras dos horas de viaje pero por fin aterrizamos en el complejo hotelero donde, cómo no, lo primero que hicimos fue....sí, comer. Desayunar a lo grande para hacer frente a la dura jornada. Sin tiempo para digestiones nos dirigimos a la fabulosa playa de arena blanca y aguas turquesa, nos acomodamos con una hamaca por cabeza y bajo unas frescas sombrillas y probamos la cálida temperatura del agua. 
Como dicen que el ejercicio por la mañana es bueno, nosotros cumplimos con las recomendaciones a rajatabla y mientras unos dábamos el primer paseo del día, otros más aventureros decidíamos embarcar en las famosas 'pedaletas' y surcar los mares. El sol de justicia hacía bastante justicia y poco a poco íbamos cogiendo color en alta mar. Como carecíamos de  restricción horaria para dejar nuestra embarcación, decidimos navegar en busca de los caminantes para compartir todos juntos el viaje. La barca, prevista para 4-5 personas, llegó a acoger a 8 de buenas a primeras. Aquello era lo más parecido al camarote de los hermanos Marx: que si yo ahora me bajo, que si yo me subo (ay, si puedo subir, claro), que si voy para adelante para equilibrar, que si me tiro...El caso es que el agua empezaba a hacerse notar dentro de la barca y aquello no avanzaba así que decidimos poner punto final a la aventura no fuera a ser que tuviéramos un disgusto y protagonizáramos una escena más propia de Vigilantes de la Playa. 

Entre siestas, daiquiris, piñas coladas y algún que otro cóctel explosivo llegaba la hora de volver a La Habana. Un último baño en la piscina y un viaje de vuelta amenizado con una intensa tormenta (o los  primeros coletazos del huracán Matthew como nos comentaban los locales) terminaron con el idílico día. 

El sábado quedó reservado desde comienzos de semana para las compras. Así que nos trasladamos al Mercado de San José y pasamos toda la mañana entre artesanía y souvenirs. No podíamos despedirnos de La Habana sin volver a probar un CocoTaxi, así que la expedición al completo vivió un ultimo viaje en este transporte de camino a la última comida en la Sociedad Castellano Leonesa. Sin mucha demora volvimos al hotel y así comenzar a 'acicalarnos' para la cena de gala que la colonia zamorana había organizado para cerrar los actos del centenario. Momento en el que aprovechamos también para agradecer a los miembros de la colonia la dedicación y el trato que nos dieron durante toda la semana. La cena  culminó con una fiesta al más puro estilo orquestero de los años 70-80 que hizo las delicias de los presentes. 

El domingo, día de regreso, aún nos dio tiempo para dar una última vuelta por las calles del centro de la ciudad y despedirnos de ella deseando volver a vernos pronto.

Y este es el pequeño resumen de una semana especial en la que, entre actividad y actividad nos dedicábamos a recorrer las maravillosas calles de La Habana, a fotografiar sus rincones y a conocer sus gentes. A conversar con ellas y, en definitiva, a comprender otro tipo de vida. 

Hasta pronto Cuba, con amor


PD: Si queréis ilustrar gráficamente nuestro viaje podéis echar un vistazo a nuestras fotos en Facebook AQUÍ


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